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Diego no se murió, Diego vive en el pueblo...

 


La hora del adiós siempre es difícil. Correrán ríos de tinta seguramente y éste será uno más de los miles de homenajes que los futboleros le harán, al eterno Maradona, un hombre que trascendió las mismísimas fronteras del fútbol. 

Maradona es esencialmente un trasgresor y hablo en presente porque Diego nunca se irá, formará parte del inconsciente colectivo de todos quienes amamos el deporte más lindo del mundo. La historia dirá que Maradona vivió 60 años, pero su vida fue intensa como si hubiera sido el doble, o el triple. 

Sus vivencias, sus placeres y padeceres. Podría decirse que las vivió todas. Las buenas y las malas. Desde los Torneos Evita, hasta la enfermera que se lo llevó de la cancha en el mundial de los Estados Unidos para “cortarle las piernas”. 

La hinchada del Nápoli apoyándolo contra su propia patria y el insulto a los italianos que nos chiflaron el himno. El abrazo con Caniggia después del gol a Brasil. O las lágrimas cuando nos robaron la final del ´90. Diego fue muchas cosas en un solo hombre, pero siempre defendió a los suyos, a los futbolistas, a los humildes, y por sobre todo a los argentinos. 

Dentro del campo de juego fue inigualable. Por velocidad, potencia, arrogancia, astucia, visión de la cancha, por ir siempre para adelante, por tener el arco de enfrente entre ceja y ceja, por no darse nunca por vencido, por jugar y hacer jugar, por ser el único jugador que no daba pases que no fueran ofensivos, Diego buscaba siempre lastimar, la pelota era una prolongación de sí mismo, un amor incondicional, inconmensurable, ella le permitió ser quien es, y él le devolvió siempre caricias, buen trato y amor, mucho amor. 

Afuera vivió una vida turbulenta, llena de privaciones desde pequeño, donde su propia madre resignaba comer para poder alimentarlo junto a sus hermanos, según se dio cuenta muchos años después; a otra vida de lujos y millones, que no siempre pudo disfrutar, ya que el dinero no siempre compra la felicidad ni mucho menos la tranquilidad. 

Varias etapas de su vida con polémicas, el paso por las drogas, y sus últimos años refugiado en ansiolíticos y el alcohol, su detención en un departamento porteño, Cuba, Punta del Este, donde pareció que adelantaba su destino 20 años, su recuperación, otra y otra, y miles más. Las mil y una vidas del Diego. 

Un físico privilegiado, a pesar de sus recurrentes problemas con el peso corporal, sus resurrecciones permanentes, momentos de lucidez plena y otros de confusión y mal genio. Maradona te quería a horrores o te odiaba, no tenía medias tintas. Sus amores, más allá de la pelota siempre fueron intensos. 

Sus padres, La Tota y Don Diego, Dalma y Gianina, tatuadas en cada uno de sus brazos, Diego Junior quien pelea contra el coronavirus internado en un hospital italiano y no pudo llegar a verlo, a quien reconoció muchos años más tarde, Jana en una situación similar en cuanto al reconocimiento y Dieguito Fernando, su hijo menor que esperaba su recuperación para “poder jugar con él”. 

La noticia fue una trompada en plena mandíbula para mucha gente, no toda, nadie logra unificar a todos, ni él, un D10S pagano con aciertos y virtudes. No es que nadie esperaba lo que finalmente sucedió, su última aparición pública en el Bosque platense lo mostró muy desmejorado y estérilmente expuesto en una situación indeseable, para tan solo mostrar el logo de YPF en su buzo y promocionar la impresentable Liga Profesional. 

Algunos dicen, con el diario del lunes, que no debió haber salido de la clínica, tras su última intervención quirúrgica, pero no hubiera sido Maradona de no haber sido así. Siempre hizo lo que él quiso, escorpiano al fin, nadie pudo convencerlo jamás que podría haber mejores estrategias que la suya propia. Quizás, en su interior, haya percibido que era el tiempo de partir y quería hacerlo en la tranquilidad de su hogar. 

Su etapa actual de entrenador del Lobo le permitió recibir el afecto del pueblo argentino en cada estadio en que dirigió, fue casi una despedida. Decir Maradona en el mundo era sinónimo de Argentina, quizás como sucede hoy con Messi, pero Diego abrió las puertas a miles de argentinos que fueron geolocalizados en épocas en que no existía Google. 

En la selección nacional marcó un antes y un después, si bien ya habíamos sido campeones del mundo, el Mundial de México fue especial, con un Diego enorme, marcando diferencias, era dársela a él y esperar que hiciera magia, y Diego nunca fallaba, frotaba la lámpara y todo surgía. 

Fue además un personaje políticamente incorrecto, contestatario, para nada sumiso, dispuesto siempre a revelarse contra el poder de turno, sea en la FIFA, el país o el mismísimo mundo. Jefes de Estado, el Papa, o personalidades del mundo siempre quisieron estar cerca de él, sacarse una foto, o recibirlo. Varias veces los dejó plantados, en otras accedió. Carismático y contestatario, dejó una biblia de frases "maradonianas", producto de su genio inigualbale. 

Peronista desde su cuna, por herencia familiar, amigo de Fidel Castro, Hugo Chávez y Lula Da Silva, cristinista, y admirador de Néstor Kirchner. Nunca dudó en mostrar su perfil político, aun sabiendo que esto podía generarle antipatías, estaba más allá de eso y a su manera fue un activo militante de las causas populares. No pudo reponerse de la última operación, a pesar de alguna foto sonriente. 

Seguía bajo internación domiciliaria, asistido en la medida que lo permitía, esta vez la gambeta no salió. Tiró una pared y nadie se la devolvió. El tipo que más alegrías nos dio adentro de una cancha dicen que “se fue”, yo aún no lo creo, lo siento eterno, inmortal, los dioses no mueren nunca, se elevan al cielo para convertirse en leyenda. Gracias, Diego.

Fernando Paulo Viglierchio

(Especial para RosariNoticias)


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