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La zurda inmortal

 

El miércoles nos dejó físicamente Él, el Diego, D10S, el Pelusa, el capitán, el genio del fútbol mundial, el más argentino de todos, y habrá muchas frases más que lo describan a la perfección. Él es todo y un poco más también. Y voy a escribir en presente. No solamente porque aún no me hago a la idea de lo que pasó, sino porque soy fiel creyente que uno muere cuando es olvidado y al Diego no lo vamos a olvidar jamás. 

Tengo 22 años, lo que deja en clara evidencia que no pude verlo jugar. “¿Y qué sabrás vos de lo que significa Diego Armando Maradona?” Me preguntarán. Y tendrán razón. Jamás voy a sentir exactamente lo que vivió mi viejo en el '86 cuando ganamos la Copa del Mundo, ni la decepción y bronca del mundial de Estados Unidos '94, ni la tristeza en el día de su retiro futbolístico. Pero daría lo que fuera por haberlo vivido. Me quedan los archivos y los hermosos recuerdos relatados por mi papá de algunos de sus partidos y jugadas memorables. 

Cuando me habla de Él noto cómo se le va formando una sonrisa espontánea en su rostro, cómo sus ojos se llenan de lágrimas. Veo cómo poco a poco se transforma en ese nene que disfrutaba de su fútbol y me emociono. Me conformaré con poco tal vez, pero es lo que nos queda a mi generación para sentirnos más cerca de ese Diego, imparable e inalcanzable. 

El pibe de barrio que llegó a la cima del fútbol rompe con todo tipo de barrera temporal y geográfica. Por eso lo queremos chicos, grandes, argentinos, italianos y hasta personas en el lugar más remoto del planeta. Habrá quienes no lo quieran, por cuestiones de su vida privada que fue pública desde sus 16 años. Si sos uno de esos, no te pido que lo quieras sólo que respetes el dolor ajeno. Si están faltos de atención vayan a un circo, que vi a varios payasos opinando estos días. 

Como dije antes, aún me cuesta caer en lo que sucedió. Todos sabíamos que su estado de salud hacía ya bastante tiempo no era el mejor, pero es el Diego y el Diego no se puede morir. Son dos palabras que juntas no tienen sentido. “Murió Diego” y se llevó un pedacito de cada uno de nuestros corazones con Él. 

Y cuando uno es tan querido el vacío que deja su partida es inmenso, basta con salir a la calle para darte cuenta que ya nada es lo mismo. El silencio que invade las ciudades, las cabezas gachas y perdidas buscando alguna explicación, esos choques de miradas llorosas con personas que no conocemos pero que sabemos que compartimos el mismo dolor y que si el contexto fuese otro abrazaríamos fuertemente para consolarnos de un llanto eterno. 

Yo no lo vi jugar, es cierto, pero puedo decirles que es el mejor y no habrá otro igual. No habrá otro que quiera tanto a Argentina como Él, su argentinidad es digna de admirar. No sólo por cómo defendió la camiseta de la Selección adentro de las canchas, sino también por cómo lo hizo una vez fuera de ellas. 

Vino de abajo, deslumbró al mundo con sus gambetas, jugó infiltrado soportando dolores inaguantables, insultó al país extranjero que más lo quiso para defender al nuestro, llevó la celeste y blanca a lo más alto, trajo alegría a un pueblo devastado. Apoyó a cada deportista argentino que pudo, arengó selecciones albiceleste de otras disciplinas, inspiró a millones de niños e hizo que un pueblo lo ame. Es, sin lugar a dudas, el más argentino de todos. Cada uno podrá ubicarlo en la posición que considere dentro de los mejores futbolistas del mundo, pero Él es argento como nadie, ahí sí que ocupa la primera de las posiciones, sin discusiones. 

Pudo haber muerto físicamente, pero siempre vivirá en nuestros corazones. ¡Gracias eternas Diego, descansá en paz!

Por Bárbara Viglierchio

Periodista Deportiva

(Especial para RosariNoticias)


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