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A 25 años de la hazaña, un recuerdo de la Conmebol '95 contado por un hincha

 


Hace exactamente hoy 25 años, nada más y nada menos, yo estuve allí, en la platea baja de Cordiviola, junto a Fabiana, mi entonces novia, y hoy mi mujer y madre de mis dos hijos. Había dejado a mis habituales compañeros de hazañas y sinsabores auriazules, esa vez no fui con Popo ni Omarchi, era una ocasión especial y vaya si lo fue. 

Estábamos casi detrás del banco de suplentes, diría en la segunda hilera de asientos, que nunca fueron utilizados como tales, está demás decir, vimos todo el partido parados sobre la butaca. Además, aún no había sido realizada la remodelación de "bajar" ese sector para permitir que quienes allí se ubican puedan ver sin inconvenientes el campo de juego. 

Como los otros más de 40 mil hinchas habíamos ido a apoyar al plantel de Don Ángel, a agradecerle lo mucho que habían hecho en esa Copa, a retribuir tanto esfuerzo, dolidos por la derrota abultada en Brasil, donde curiosamente, a pesar del resultado, no habíamos jugado tan mal. 

Para que negarlo, canallas al fin, teníamos el íntimo sueño que lo podíamos dar vuelta y lo hicimos. Y me permito incluirme porque me siento parte de aquella hazaña, no fueron solo ellos, los que ingresamos a la cancha, nosotros tuvimos mucho que ver, pusimos también lo que había que poner, amedrentamos a nuestro rival con nuestro canto ensordecedor, le metimos miedo, desde antes de salir al césped del Gigante. 

Pretendieron salir a hacer el calentamiento previo, la silbatina fue tremenda, no podían levantar la cabeza, apenas lograron llegar círculo central, estiraron un poco las piernas, el arquero amagó con ir hacia el arco, pero creería que no llegó. Pocas veces vi algo semejante y estuve en mil batallas, algunas épicas y otras no tanto. No se distinguía entre populares y plateas, todos parados, todos gritando, y metiendo ese sentir clamoroso que solo nosotros podemos darle al fútbol. 

Tras un recibimiento apoteótico todo comenzó siendo del local, pero recién promediando la etapa comenzó la lluvia de goles, había que meter varios de arranque, para tener alguna chance de lograrlo y así lo entendió el equipo. 

Salió a presionar en toda la cancha, los ahogó en todo el campo de juego, no les dejaba tener la pelota, y sin ella, los brasileños no pueden hacer su tradicional jogo bonito. El despliegue físico fue notable, arrollador, redoblaban marcas en toda la cancha, lo pasaron por encima en esos primeros minutos.

A los '23, el Polilla mete el primero con un toque sutil tras un centro desde la derecha. Petaco Carbonari le mete cartucho a un tiro libre a considerable distancia, con un remate furibundo, rasante, a media altura, Taffarel pone las manos y hasta el hombro atrás de la pelota, pero se los dobla y marca el segundo, se jugaban '39. 

Empezaron a tener miedo, se la venían venir, la cancha hervía, se movían los alambrados, el Gigante resistía como podía, se movía el piso y el Chapulín marcó el tercero, de zurda y al segundo palo, 3 a 0 y final de la primera etapa, el sueño estaba más cerca, casi al alcance de la mano. 

En el entretiempo estábamos extasiados, tan cansados como si hubiésemos corrido los primeros '45,  mucho calor, la garganta al rojo vivo pero enteros, había olor a noche de gloria en Arroyito, fueron eternos, queríamos que todo comenzara enseguida, sentíamos que al rival le temblaban las piernas. 

Pero como en el boxeo, el descanso les vino bien y les templó algo los ánimos a ellos, el DT hizo un buen trabajo en vestuarios, y salieron con una actitud diferente, nos quitaron algo la pelota y empezaron a jugar un poco más cerca de Bonano. También es posible que los nuestros hayan sentido el enorme esfuerzo realizado en la primera etapa. 

Atlético Mineiro "durmió el juego", comenzó a hacerlo todo lento, aprovechaba para hacerse hacer infracciones, aparecieron las "lesiones", todo lo hacían en cámara lenta y a nosotros las cosas no nos fluían como en el primer tiempo. 

Cuando todos pensábamos que si en veinte minutos les habíamos metido tres goles en el complemento todo sería más fácil y que un gol era eso, nada más que un gol, todo se hizo aún más cuesta arriba. Las cosas no salían, había cierto fastidio y resignación, estábamos en las puertas del cielo, golpeamos la puerta y no nos atendían.

Pero, como no hay guerrero sin heridas, aquello que había comenzado en tributo y había rozado la épica comenzaba a desvanecerse. La ilusión estaba intacta, pero el tiempo transcurría y el título parecía escabullírsenos entre las manos.

Corría el minuto '89, mi ubicación casi al ras del campo de juego me permitió ver y sentir esa jugada maravillosa, que quedará para siempre grabada en mis retinas. El Negro Palma la para por izquierda, levanta la cabeza, lo ve a Petaco venir en posición de 9 entrando al área, se la pone en la cabeza, porque eso no fue un centro, fue una asistencia, el 2 se levanta en el aire, más alto que todos, juro que miles de canallas saltamos con él e imitamos el gesto, lo digo literalmente, no es una metáfora,  nunca vi algo semejante, cabezazo de pique al piso y gol, delirio, lágrimas, abrazos, e ilusión, mucha ilusión, apenas habíamos empatado la serie, pero a esa altura ya nadie dudaba que la Copa, se quedaba en casa para siempre. 

La hazaña estaba consumada, faltaba el detalle menor de patear los penales nomás, pero todos, nosotros y ellos sabíamos de antemano el final. El empate agónico le puso algo más de sabor a semejante remontada, inédita en la historia del fútbol mundial. Solo Central y su gente podían escribir una epopeya semejante, solo el pueblo auriazul era capaz de derrotar a todo, ellos creyeron y nosotros acompañamos el sueño de ser campeones. 

Erraron el primero por arriba del travesaño, Tito atajó el segundo, pero Taffarel le atajó el suyo al Chiri. Llega el último y el Polilla la acomoda, íntimamente sentí temor por primera vez en la noche, sabía que el uruguayo pateaba a colocar, sin violencia, no iba a cambiar ahora y ese arquero tenía finales, mundiales encima, mucha experiencia, pero la pelota ingresó sutil, casi como pidiendo permiso, pegada al palo derecho de un arquero que fue a ese palo, para desatar el delirio y la fiesta inolvidable que hoy rememoro con orgullo, y alguna lágrima, porque no admitirlo. 

Aquella gesta nos pertenece a todos, a quienes jugaron, pero también mucho a los miles de creímos que era posible. Mi noche inolvidable terminó a las 8 AM. Me tomé con mi compañera, mano a mano ocho porrones de litro, cerca de casa, en el bar de Tucumán y Presidente Roca. Petete, el mozo amigo los fue dejando prolijamente alineados sobre la mesa, para contar bien cuantos eran. 

Como pude llegué a casa, con el pecho inflado, los ojos hinchados de tanto llorar de alegría y agradeciendo a los ancestros que ya no estaban el haberme hecho hincha de Central y a Don Ángel y ese plantel el agradecimiento eterno por darme una de las alegrías más grandes de mi vida.

Fernando Viglierchio

(Especial para RosariNoticias)


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