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Menem, el caudillo que llegó a presidente de la mano de la gente



"Conocí" a Carlos Menem en Mar del Plata allá por 1.988. Veraneaba junto a mis amigos veinteañeros en "La Feliz" y esa noche nos tocaba salir a Sobremonte o Sunset, dos recordados boliches de la época. Llovía a cántaros, diluviaba como si fuera el último día, o el día del fin del mundo y mientras ellos se arreglaban sus largas cabelleras, en aquel monoambiente pequeño en el que dormíamos <aún no entiendo cómo> ocho, yo me fui a un acto político. 

Bajo un clima adverso, empapado, lleno de barro volví aquella noche más temprano que el resto, que nunca entendió porque no los acompañé. "Fui a ver al próximo presidente de todos los argentinos" les dije en la madrugada, no existían celulares ni Google, para poder mostrarles de quien se trataba, alguno lo reconoció por mi descripción de sus patillas de caudillo, pero el resto no se imaginaba siquiera de quien se trataba. 

Menem había pronunciado un encendido discurso, con su aire provinciano, campechano, en palabras simples y tan contrapuestas al del poder hegemónico del radicalismo gobernante y muy lejanas también por cierto a las de Antonio Cafiero, su rival en la interna peronista, donde terminaría imponiéndose. Nadie que lo hubiera visto esa noche podría olvidar esa figura lánguida, pero llena de fuerza apretando los puños y estrechándose en un abrazo con cuanta mano se le acercó. 

Hijo de una militante política del peronismo alineado al gobernador bonarense, no fue fácil ser "menemista" en mi propia casa. Tampoco en la JUP Derecho, donde el líder, Esteban Borgonovo y el resto de la agrupación apoyaban a Cafiero. Al "Tanque" Rossi, militante de "Nito" Vanrell y a mí, nos bajaban los carteles, nos dejaban sin espacios, éramos minoría en todas partes, menos en la calle, ahí ganaba Menem. Todo el peronismo santafesino apoyaba a orgánicamente a Cafiero/De la Sota, llevaron camiones de gente a votar y sacaban 0 votos en las mesas. 

Si la memoria no me falla, Menem vino tres veces a Rosario durante su campaña. En la primera, a la cancha de Rosario Central. Estuve aquella noche, ocupó un escenario contra la platea que da al río. Hubo muy poca gente, había una interna feroz en el incipiente menemismo santafesino, alguien se quedó con la plata, que raro, los colectivos, tan típicos de aquella época nunca llegaron, las bases no movilizaron, fuimos solo los sueltos, pero Carlos, metió fuerza  y encanto como siempre. No le importaba a aquel riojano de poncho si había treinta mil personas, o no más de dos mil como aquella noche, el Gigante le quedó enorme. 

Ya más afianzado, <creo que luego de haber ganado la interna>, con otro apoyo, político y gremial sobre todo, con Obras Sanitarias, de la mano del eterno "Rabanito" Barrionuevo y los Plásticos de Mastrocola, Farmacia, con "Roperito" Bilicic, Luis Rubeo padre, "Caíto" Cevallo, Dante "Titi" Aranda, su amigo personal el "Loco" Lelli, "Pancho" Ghezzi, Gualberto Venesia, el "Gordo" Gónzález, y todo el peronismo unido "rompió" la Bajada Sargento Cabral, al sonar de los bombos del Tula. 

Y la última visita a la ciudad en campaña proselitista fue una "Caravana de la Victoria" que empezó a las 10 de la mañana por Arroyito y prometía terminar en el "Monumento a la Mandarina", típico enclave peronista de la zona sur, donde se lo esperaba a las 6 de la mañana. Nunca llegó, le costaba tanto avanzar con el Menemóvil que su paso era lento, casi a paso de hombre, el Turco se bajaba, abrazaba, daba un discurso en cada esquina, micrófono en mano, o a viva voz, firmaba remeras, se sacaba fotos, hasta que el cuerpo le dijo basta y miles de personas quedaron sin poder saludarlo aquella madrugada. Nunca vi nada igual. 

Acompañé sus años de gobierno, aún sin compartir algunas o muchas de sus decisiones, mucho más después que en ese momento. Su carisma era arrollador, fue un líder nato, un prestidigitador, un encantador de serpientes, que logró que el peronismo siguiera su política creyendo que hacía peronismo, y en realidad hizo todo lo contrario a lo que había prometido. Miles de cosas podría decir que hizo mal, muchas, hoy no es el momento. "Del muerto nada si no bueno", dice una vieja prédica periodística, que pienso cumplir a rajatabla. Siempre fue apoyado por el voto popular, nunca perdió una elección, ni aquella segunda vuelta con Néstor Kirchner, de la que se retiró a tiempo para irse invicto. 

Hoy muchos que fueron y son funcionarios lo niegan, parece que nadie fue menemista en un país que lo votó tres veces para representarlo, sacó más del 50% de los votos. Fue el presidente de la Nación que más años ejerció la primera magistratura. Marcó una época, hubo un país antes y después de Menem, no tengan duda. Es más, me atrevo a decir que el Kirchnerismo se construyó a su sombra. "No podemos ser el ala progresista de un partido conservador", le decía Néstor Kirchner a Alberto Fernández al llegar a la Rosada. 

En mi caso, soy peronista desde que nací, aprendí a cantar la marcha en las rodillas de mi viejo a los cuatro años, y hoy orgullosamente puedo decir que fue menemista, y hoy defiendo convencido al Gobierno peronista de los Fernández. Amplitud ideológica podrá decirme alguno, madurez política podría contestarle, no se piensa igual a los veinte que pasados los cincuenta. Hoy me importa más el otro que mi propia suerte, no se puede ser feliz con mucha gente al lado que no lo es, porque alguien que ya no está y me marcó para siempre me enseñó por suerte, que "la Patria es el otro". QUEPD Carlos Saúl.   


Fernando Paulo Viglierchio

Especial para RosariNoticias          

     

 

        



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