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La tan declamada unidad en el Frente de Todos parece demasiado lejana y el 2023 está cerca

 


El Frente de Todos fue una construcción política generada por el peronismo para sacar al macrismo del poder. Tras la pésima gestión de Juntos por el Cambio, con una inflación descontrolada y un inútil endeudamiento externo no reflejado en beneficios para el país, tomado sin necesidades a la vista, y de cumplimiento imposible en los términos establecidos, sumado a malestar en las masas bajas y medias de la sociedad, el partido gobernante llegó al poder plagado de desafíos, de los que podría decirse, casi no cumplió ninguno, es más, algunos los agravó con creces. 

Es cierto, la pandemia le marcó la agenda en sus dos primeros años de gobierno, a tan solo tres meses de asumir, el presidente se encontró con una situación inesperada, inédita, que amenazaba ya no sólo la golpeada economía sino nuestra propia subsistencia. Más allá de algunas exageraciones genéricas, generadas por un temor lógico a lo desconocido, el affaire de la primera dama organizando su cumpleaños en Olivos, el vacunatorio VIP que se llevó puesto a uno de los grandes sanitaristas argentinos, como Ginés González García, podría decirse que el Gobierno surfeó satisfactoriamente el desafío. No faltaron vacunas, y todo aquel que quiso inocularse pudo hacerlo. 

En lo económico, el mandatario saliente, Mauricio Macri facilitó las cosas antes de irse, impuso nuevamente el cepo cambiario <levantado por él mismo al asumir>, cumpliendo una de sus pocas promesas de campaña>, no porque hubiera querido favorecer al Gobierno entrante, no tuvo opciones, la falta de dólares era indisimulable y acechaba las cuentas públicas. Dejó sin cerrar la renegociación con el Fondo Monetario Internacional, organismo al que recurrió y trajo nuevamente al país, luego que un tal Néstor Kirchner cancelara la deuda, pagándole la totalidad de los dineros adeudados, cerrando así y largo itinerario de endeudamiento condicionante, un gesto claro de independencia económica mancillado sin razón y de tan solo un plumazo. 

Alberto Fernández había dejado claro en su campaña que no había forma de pagarle al FMI sin una renegociación que permitiera crecimiento primero, para después poder pagar. Dilató el acuerdo todo lo que pudo, Guzmán fue el ministro del acuerdo, su buena relación con organismo de crédito y su cercanía al establishment económico mundial le permitieron cerrar algo "pagable", con un curioso mecanismo de "te pago y me das una cifra similar", que no hace más que prorrogar los tiempos. Claro eso supone estricta fiscalización de la economía local, injerencia directa sobre los planes económicos presentes y futuros y ajuste, no hay forma de pagar, alguien la tiene que poner.

El campo por las dudas avisó, "no miren para este lado", pareció decir y enseguida dejó bien en claro que no estarían dispuestos a poner un centavo más. Hasta tuvieron que implementar el "dólar soja", para que liquiden exportaciones y lograr de esa forma el ingreso de divisas, indispensables para evitar males mayores. Alineado con la hoy oposición, jamás pensó en dar una mano para favorecer al país, acopiaba hasta el hartazgo esperando mejores momentos para hacer su negocio. Eso sí, la sequía golpea a los productores y ya salieron a pedir créditos y subsidios por la cosecha que no vendrá en los números a los que están acostumbrados. Por las dudas los jueces avisaron que ellos tampoco, no están dispuestos a ser alcanzados por el impuesto de las Ganancias, a pesar de los nobles fondos que plantea su imposición. Se reforzaría el plan Progresar, el Fondo Nacional de Incentivo Docente y se crearía una fuerza especial para el combate del narcotráfico en Rosario.  

Volviendo a las internas, el acuerdo con el Fondo no solo eyectó al ministro Guzmán del Gabinete Nacional, (había cumplido su principal objetivo), sino que además dejó una economía que se empezaba a resquebrajar, los números inflacionarios fueron siendo cada vez peores, alcanzaron niveles más amplios que los de décadas, el dólar se disparó y allí se empezó a pudrir el rancho, mientras pobreza e indigencia crecían a niveles inusitados, firmábamos un nuevo compromiso que nadie estaba dispuesto a pagar. Máximo Kirchner y sus diputados no votaron el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, eso marcó un quiebre, grueso, diría insalvable entre el "oficialismo acuerdista" y el que prefirió atarse a las banderas del "acuerdo ilegítimo" y otorgado maliciosamente a sabiendas que el el país no estaba en condiciones de devolverlo en los términos establecidos y que además el destino de los montos desembolsados durante el macrismo no fueron fiscalizados <fugados> ni los planes económicos implementados.

Lejos de los 70' ya, los acuerdistas no son "la Patria Sindical", ni los jóvenes revolucionarios de "La Cámpora" los Montoneros. Derecha e izquierda peronistas de hoy conviven bajo un mismo gobierno, ya no se matan entre sí, tienen enormes disputas por los espacios de poder, batallan para adentro, en ocasiones esas rencillas adquieren ribetes mediáticos, algún que otro chisporroteo, acusaciones cruzadas, como las lanzadas desde diferentes escenarios el 17 de octubre entre el sindicalismo enrolado en la CGT y el líder de la agrupación kirchnerista. Las tres patas que componen el Frente de Todos encontraron en Massa un paraguas que les da quizás la única esperanza de llegar con alguna chance <si es que la tiene> de ser competitivos en 2023, por eso bancan y respetan al tigrense, por ahora que hace denodados esfuerzos por mantener el barco a flote. 

Claro que el sillón de Rivadavia vacante no provoca controversias solo en el oficialismo, en la oposición las acusaciones cruzadas están a la orden del día. Rodríguez Larreta, Bullrich, Milei, López Murphi, Carrió, Morales, Manes y el propio Macri, coinciden cada vez en menos cosas y no lo disimulan ni un poco. Solo los une saber que el principal rival está enfrente, pero el esfuerzo por diferenciarse los pone en situación incómoda. Pegarle a un rival que está caído a veces no alcanza sin una propuesta propositiva que parezca saludable. Cambiarlo todo y arrasar rápido con todo vestigio laboral, sindical y previsional parece ser la consigna preferida, aplaudida y repetida hasta el hartazgo por medios afines y fieles es la estrategia, y meter presa a Cristina, ya que esa "banda de loquitos sueltos" que nada que ver con ellos tiene no pudo asesinarla. No estaría de más proscribirla, mediante ley de ficha limpia que impida su candidatura, aunque no tuviera condena firme. 

La reunión entre la CGT y sectores del Movimiento Evita generó resquemor. "El Albertismo ya piensa en el postalbertismo" lanzó el "Cuervo" Larroque. La enorme y codiciada caja de las obras sociales, el fallido artículo del proyecto de Presupuesto (ya bajado) para imponer un 15% adicional a las prepagas, en beneficio las prestadoras sindicales, tienen al organismo sindical bien cerca del presidente, vaya a saber hasta cuando. Reclamaron cargos legislativos sin ponerse colorados, en lugar de pensar en mejorar los números de paritarias para sus afiliados, parecen más ocupados en asegurarse el poder en un gobierno que admiten <puertas para adentro> no será propio. A los "gordos" se les desmarcó Pablo Moyano, que pidió el 130% de incremento salarial y casi que fue acusado de golpista por la flamante ministra de Trabajo, Kelli Olmos. 

Hay algunos números macroeconómicos que le dan al presidente la remota esperanza de ser reelecto, al menos el crecimiento y la desocupación brindan signos de esperanza. La oposición se regodea de desterrar para siempre las leyes laborales, pero no estaría siendo ese uno de los principales problemas de la Argentina. La capacidad instalada de la industria es muy alta, sube a cada mes por 18 meses ininterrumpidamente. Claro que eso no alcanza. Salarios vienen perdiendo contra la inflación por escándalo, los precios de los alimentos no paran de crecer, los alquileres tiene precios siderales y a eso el Gobierno, por estricta orden del Fondo le sumará los incrementos tarifarios. Lejos de mejorar, la pésima situación económica heredada empeoró, pero Alberto no se resigna y piensa que la historia lo puso en el lugar por su propio mérito, y no está dispuesto a resignar poder. Apoyado por sus pocos leales todavía planta bandera, quizás a sabiendas que dar signos inequívocos de retirarse afectarían aún más su escasa gobernabilidad, si es que la tiene. 

El kirchnerismo recurrió a su figura en el convencimiento que CFK no superaba el escollo de tener al menos un 60% del electorado que jamás la votaría y eso en un eventual balotaje la dejaría fuera de carrera. El objetivo se logró y se llegó al Gobierno, se le respetó su rol protagónico en el armado del Gabinete, pero hoy parece envalentonado en creer que podría regresar al poder llevando directamente a la jefa como cabeza de lista. Hoy no tiene ni siquiera a todos los propios, en la interna probablemente pueda imponerse al presidente, al massismo, a la CGT, al Movimiento Evita y a quien se le ponga enfrente, pero sigue teniendo el mismo problema de origen que en 2019, el piso alto y el techo previsible e insuficiente. 

El clamor popular expuesto con creces cuando se la atacó judicialmente, expresado en su propio domicilio del coqueto barrio de Recoleta, que terminó abruptamente en el fallido intento de magnicidio, sin financiamiento a la vista según la jueza Capucetti, la puso nuevamente en carrera, error de cálculo opositor. La acusación del excéntrico fiscal Luciani, integrante de los equipos de fútbol de la quinta "Los Abrojos" del expresidente Macri también. La posible condena de la que ya hablan con certeza los medios hegemónicos, que hasta tienen la fecha exacta de sentencia <coincidente con el Mundial de Qatar> vuelven a ponerla en juego. 

El peronismo enfrentará en las próximas elecciones por primera vez la dicotomía de no poder mostrar logros económicos de su gestión ni de haberle mejorado algo la vida a la gente, mucho menos a los humildes, supuestamente su principal objetivo. La derecha propone profundizar rápidamente el ajuste como mecanismo de crecimiento y no creo haga falta explicar por donde comenzarían los recortes. Nadie reparte lo que no tiene, y hoy Argentina no tiene nada para repartir. La gente elegirá entre alguien que no cumplió con creces la enorme expectativa generada u otro que ahora vendrá a hacer lo que supuestamente no pudo, o no lo dejaron.  


Fernando Paulo Viglierchio

Especial para RosariNoticias

                   

   



   



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