Hablar de seguridad vial en Argentina es complejo, pero hacerlo desde Rosario es todavía más crudo. En la ciudad conviven el apuro, la desatención y una sensación de “todo vale” que vuelve al tránsito un espacio donde el riesgo es constante. Lo veo todos los días: autos que cruzan en rojo, motos sin casco, peatones que intentan sobrevivir entre maniobras bruscas, ciclistas invisibilizados por la falta de respeto y espacio.
En este contexto, el manejo defensivo no es una opción: es una forma de proteger la
vida. La propia y la ajena. Lo confirmo cada vez que acompaño a alguien después de un
siniestro vial, cuando el daño ya está hecho y la tragedia se vuelve irreversible. Es en
ese momento donde surge la pregunta que llega tarde: “¿Qué podría haberse evitado?”.
Para mí, manejar de forma defensiva es aceptar que en la calle no alcanza con tener
razón. Que el peligro puede venir de cualquier lado. Que anticiparse, bajar la velocidad,
mantener distancia, prever errores y leer el entorno son acciones que pueden marcar la
diferencia entre llegar o no llegar.
Pero más allá de las imprudencias cotidianas, existe una problemática que agrava todo:
la conducción bajo los efectos del alcohol y/o estupefacientes. Esa negligencia —que
todavía muchos minimizan— pone en riesgo vidas de manera brutal.
Hay quienes se
suben al volante sin pensar en nada más que en su propio impulso, sin considerar que
una decisión irresponsable puede destruir a una familia entera en segundos. Y esa
realidad la veo de cerca, demasiado seguido.
Rosario, además, tiene sus desafíos propios: avenidas que parecen autopistas urbanas,
giros indebidos normalizados, motos que circulan como si fueran invisibles, prioridades
que nadie respeta, y la presencia preocupante de conductores que manejan sin estar en
condiciones físicas ni mentales para hacerlo.
En una ciudad con estas características, la
conducción defensiva es más indispensable que nunca.
Sin embargo, también sé que el esfuerzo individual no es suficiente. Hace falta un
Estado presente, controles firmes, planificación inteligente, señalización adecuada y
educación vial real, no solo en campañas pasajeras.
Mientras eso no exista, manejar será
siempre una actividad donde la responsabilidad individual seca las lágrimas que deja la
ausencia del control.
Como profesional del seguro y asesor en siniestros viales, sé que ninguna póliza repara
una vida. Ninguna.
Y también sé que muchos siniestros se podrían evitar si la
conciencia colectiva fuera otra. Por eso insisto en la prevención: porque detrás de cada
choque, cada atropello, cada muerte, hay historias que ya no pueden reescribirse.
El manejo defensivo es una actitud frente a la vida: elegir no sumar riesgo, no acelerar
para ganar segundos, no mirar el celular, respetar al peatón, ceder el paso, frenar a
tiempo. Pero también es exigirnos como sociedad que quienes consumen alcohol o
drogas no estén detrás de un volante.
La vida vale demasiado para seguir naturalizando
la negligencia.
Rosario necesita un cambio profundo. Argentina lo necesita. Y ese cambio empieza con
una decisión tan simple y trascendente como manejar para vivir, y para que el otro
también viva.
“Si queremos una Rosario más segura, el cambio empieza en el volante de cada uno”.
Por Sebastián Horacio Trovato, Analista de Seguros y Siniestros
