La tragedia no es
repentina ni imprevisible; es, en la mayoría de los casos, el resultado de una cadena de
irresponsabilidades.
Durante años se ha debatido si el problema está en los vehículos, en las rutas o en el
contexto.
Y si bien es innegable que la infraestructura vial argentina es insuficiente, con
rutas deterioradas, señalización deficiente y mantenimiento irregular, los datos son
claros: el factor humano es la causa predominante de los siniestros viales.
Exceso de velocidad, consumo de alcohol y drogas al conducir, distracciones por el uso
del celular, no respetar semáforos ni señales, adelantamientos indebidos, cansancio,
imprudencia. La lista se repite una y otra vez. No es falta de conocimiento, es falta de
conciencia.
Sabemos qué está prohibido, sabemos qué es peligroso, y aun así se elige
transgredir. Esta conducta excede al tránsito y remite a un estado de anomia social, en el
que las normas existen formalmente, pero han perdido fuerza simbólica y legitimidad.
En este contexto, el cumplimiento de la ley deja de ser un valor colectivo y pasa a
depender de la conveniencia individual o de la posibilidad de evitar una sanción.
El
tránsito se vuelve así un reflejo de una sociedad donde las reglas están escritas, pero no
internalizadas, y donde la transgresión se naturaliza en múltiples ámbitos
Conducir no es un acto individual, aunque muchas veces se viva como tal. Es una
conducta social.
Cada decisión al volante impacta directamente sobre la vida de otros:
peatones, ciclistas, pasajeros, otros conductores.
Sin embargo, persiste una lógica
peligrosa donde se minimiza el riesgo propio y ajeno, se normaliza la infracción y se
justifica la imprudencia con frases como “son cinco minutos”, “no pasa nada” o
“siempre lo hago”.
La cultura vial argentina convive con una contradicción profunda: por un lado, el
reclamo legítimo al Estado por mejores rutas, controles y políticas públicas; por el otro,
una resistencia marcada al cumplimiento de las normas más básicas.
No usar el cinturón
de seguridad, no respetar las velocidades máximas, circular sin luces o cruzar pasos a
nivel sin detenerse no son errores técnicos: Son decisiones.
Esto no exime al Estado de su responsabilidad.
La falta de inversión sostenida en
infraestructura, la escasa señalización, el mal estado de las rutas y la ausencia de
controles eficaces agravan el problema. Una ruta en mal estado no provoca por sí sola
un siniestro, pero aumenta exponencialmente las consecuencias cuando la conducta
humana falla. La prevención vial es integral: necesita caminos seguros, vehículos en
condiciones y, sobre todo, personas responsables.
Cada muerte en el tránsito no es una estadística fría. Es una historia interrumpida, una
familia atravesada por el dolor, una pérdida que podría haberse evitado. La
naturalización de la violencia vial es uno de los mayores fracasos como sociedad.
A
diferencia de otras causas de muerte, en el tránsito sabemos exactamente qué hacer para
reducirlas: respetar normas, educar desde edades tempranas, controlar de manera
efectiva y sancionar con firmeza.
La prevención vial no es solo una política pública: es un compromiso ciudadano. No
alcanza con campañas ocasionales ni con controles esporádicos.
Hace falta un cambio
cultural profundo, donde conducir deje de ser visto como un derecho absoluto y se
entienda como lo que realmente es: una responsabilidad social de alto riesgo.
Mientras sigamos buscando culpables externos sin revisar nuestras propias conductas,
los siniestros viales seguirán cobrando vidas. La pregunta ya no es qué falta saber, sino
qué falta asumir. Porque en la mayoría de los casos, el mayor peligro no está en la ruta,
está en cómo elegimos transitarla.
Por Sebastián Horacio Trovato
Analista de seguros y siniestros viales
