El trabajo no cuestiona los datos oficiales del INDEC, sino que analiza cómo ciertas características del método de medición pueden afectar los resultados, especialmente en un contexto de alta inflación.
El trabajo, realizado por Iván Albina, Leonardo Gasparini y Leopoldo Tornarolli, parte de una observación empírica: entre 2023 y 2025 la tasa de pobreza mostró oscilaciones muy fuertes –subas y bajas abruptas– difíciles de explicar únicamente por cambios reales en la economía, por lo que se preguntan si los factores metodológicos pueden jugar un rol en tales basculaciones.
Según el estudio, en lugar de una caída de más de 10 puntos porcentuales, la reducción habría sido de apenas 1,7 puntos en el período analizado. Este dato refleja que la magnitud de la mejora que vende el Gobierno libertario podría estar exagerada por cuestiones metodológicas.
La investigación expone que parte de la caída en la pobreza puede explicarse por la forma de medir, más que por mejoras reales en las condiciones de vida.
Esto es especialmente relevante en un contexto inflacionario, donde pequeñas diferencias técnicas pueden tener grandes impactos en los indicadores sociales.
El estudio examina tres dimensiones de la medición de la pobreza por ingresos que pueden adquirir particular relevancia en contextos de inflación cambiante.
La primera es el desfasaje temporal entre el período de referencia de los ingresos relevados por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) y el de los precios usados para calcular la canasta de pobreza; la segunda, la variación en los patrones subreporte de ingresos en esas encuestas a lo largo del tiempo, y la tercera, la utilización de patrones de consumo desactualizados para definir el valor de la línea de pobreza.
La conclusión es clara: cuando se incorporan correcciones parciales en cada una de esas dimensiones, la pobreza también baja, pero mucho menos de lo que muestran las cifras oficiales.

