La primera consecuencia de la caída sostenida de los nacimientos será un acelerado envejecimiento de la población. Habrá proporcionalmente menos niños y jóvenes, más adultos mayores y una reducción de la población en edades potencialmente activas.
Ese cambio plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de los sistemas previsional, sanitario y de asistencia social, pero también sobre las redes de apoyo y cuidado.
Las consecuencias no serán únicamente económicas o institucionales, además, cambiará la estructura de las familias y de los vínculos entre generaciones.
Familias más pequeñas significan, hacia el futuro, menos hermanos, tíos, primos e hijos disponibles para acompañar y cuidar a una población que tendrá una mayor expectativa de vida.
Por eso, la discusión sobre la natalidad no se limita a cuántos argentinos habrá, sino a qué estructura social tendremos y cómo podremos sostener el cuidado y la solidaridad entre generaciones. La caída de los nacimientos tampoco implica necesariamente una pérdida del valor de la familia.
Los estudios disponibles muestran que la vida familiar continúa siendo una de las principales fuentes de satisfacción de los argentinos, por encima de otros ámbitos como la carrera profesional, las amistades o el tiempo libre.
Lo que cambió es el lugar que ocupan los hijos dentro del proyecto de vida de las nuevas generaciones. La maternidad y la paternidad dejaron de ser concebidas como un paso casi natural hacia la adultez y pasaron a ser una elección entre otras.
El cambio es especialmente visible entre las personas de 18 a 34 años, entre quienes solo alrededor de un tercio considera relevante ser padres. El fenómeno puede interpretarse, entonces, menos como una crisis de la familia que como una transformación profunda del significado de la parentalidad.
La familia continúa siendo valorada, pero tener hijos ya no aparece necesariamente como un componente indispensable de un proyecto vital.
Esto abre una pregunta cultural de fondo, si estamos logrando transmitir a las nuevas generaciones el valor de la experiencia de convertirse en madre o padre, no solo desde las responsabilidades y los costos que implica, sino también desde su capacidad de transformar y enriquecer la vida de quien la atraviesa, señalaron desde el Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral.
